Jueves,11 agosto, 2022
ÚLTIMA HORA DE LA SIERRA
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La era de la información. Leopoldo Espínola.

Así llaman los países desarrollados a estos tiempos en los que, sin movernos del sofá y con un móvil, nos enteramos, entre otras muchas noticias muy desagradables, de los avances tecnológicos y de las leyes que nuestra avanzada sociedad inventa para facilitarnos la vida a sus acomodados habitantes.

En la Sierra Norte de Sevilla, con los escasos tres o cuatro megabytes (Mb) de datos a los que tenemos acceso en Internet, y no en las noticias de La 1, nos enteramos de las penas que ha pasado un niño en El Congo para sacar de la tierra un gramo de coltán, cuya venta a los señores de la guerra le supondrá el alimento para todo el día de hoy. Igualmente, ese niño, con un móvil prestado por algún mafioso de la emigración ilegal con malas intenciones, podrá ver un vídeo de cómo otro niño europeo acude a una escuela para aprender, por ejemplo, a escribir, para en el futuro y tras su paso por la Universidad de Derecho, redactar leyes que, como está de moda y es lo más ecológico, se publicarán en PDF también por Internet, con acceso para casi todo el mundo. Leyes que tendrán su ámbito de aplicación lejos de sitios, por ejemplo El Congo, y lejos de la vida de niños desdichados, como el niño minero congoleño; que para entonces ya habrá intentado cruzar el continente africano y el mar, para llegar, sin importarle a qué precio, a donde esa justa ley se aplica con más o menos rigor. En este caso y mirando solo el lado positivo, el avance tecnológico ha ofrecido una información y una oportunidad de mejora a un niño que lo más probable es que hubiera muerto sin conocer la adolescencia, enterrado en una de las precarias galerías en las que extraen ese mineral. No es tema de este artículo referirme a los costes de todo tipo y por todos conocidos que le supondrá el viaje hasta Europa.

Pero no es el caso que me trae a esta tribuna de desahogos oficiales, porque lo de ese niño es más de reportaje de un Informe Semanal que de columna de opinión, desgraciadamente. Y si no fuese así, ya haría tiempo que hubiésemos dejado de comprar y usar móviles y ordenadores, que es la industria que consume el coltán (busquen más información en Internet los interesados, que existe). Los europeos, sobre todo los del sur, de estos reportajes charlamos cuando nos tomamos unas cervezas, justo detrás de la segunda caña, cuando ya hemos hablado del toro de la Vega y de los refugiados sirios… Los europeos del sur nos revelamos en serio cuando nos tocan la cartera, el parné, el euro…

Sin ir más lejos, esta mañana se propaga la noticia en todos los medios de comunicación de la nueva tarificación por horas de la energía eléctrica. Como no lo tenía claro he conectado con el monopolio para informarme. Después de chatear con un operador —elijo el chat porque así queda constancia de la conversación— tanto él como yo llegamos a la conclusión de que en algunos lugares del país, como es esta Sierra Norte de Sevilla, no podemos acceder a ese nuevo modelo de tarifas con las que, según cuentan se ahorra hasta un “poquito” por ciento, porque los nuevos contadores digitales, cuyo alquiler pagamos los usuarios, no están activados convenientemente. El operario, que se ha debido quedar confuso sobre la verdadera localización mundial del Tercer Mundo, me comunica que no tiene más información al respecto y que se compromete a enviármela desde que de ella disponga. Pero no necesito más información porque ya me la supongo. Si esos contadores estuviesen activados en esta “remota” comarca, en nuestras facturas tendrían que venir detallados y descontados todos los micro apagones de luz que sufrimos y que los ayuntamientos están hartos de denunciar. Pero claro, tanta información en manos del consumidor puede poner hirviendo los juzgados de denuncias contra el monopolio. Así que por ahora… como que no.

Sabemos en la Sierra Norte de Sevilla, porque estamos hartos de verlo en la publicidad de las compañías de telefonía móvil e internet, que en los grandes núcleos urbanos —aunque en el anuncio ponen una casa en medio del campo— ya se habla de temblores de tierra cuando se alcanzan velocidades de vértigo en las descargas de datos de algunos equipos informáticos y gracias a la fibra óptica. Aunque por aquí, todavía ni se la ve, ni se la espera… Sin ir más lejos, ayer recibí la visita del técnico de otro de estos monopolios, por los constantes micro apagones que azotan mi línea del teléfono fijo e Internet. Tras revisarla me informa que es de —el tan altamente cotizado por algunos rateros— cobre, y que tras pelar un poco el cable de la calle que da servicio al edificio, lo ha conseguido reparar, por ahora… Yo voy tocando madera. En cuanto a lo de la velocidad de 10 Mb que tenemos contratada — a duras penas llega a 1 o 2 Mb — que haga temblar la tierra, me dice que saltemos todos a la vez en casa y nos imaginemos que la vibración del suelo es a causa de la descarga de datos.

Como ocurre con los partidos políticos nacionales, que solo se acuerdan de nuestra comarca cuando se aproximan unas elecciones, los monopolios de energía y comunicaciones solo se acuerdan de las “remotas” comarcas cuando realizan grandes campañas publicitarias para vender nuevos productos. Una vez que te tienen enganchado en sus contadores digitales y ruters wi-fi es cuando comienza la verdadera era de la desinformación por falta de servicio, compromiso y respeto por el usuario.

Si pusiésemos los mismos arrestos que el desdichado niño minero congoleño para abandonar su injusta tierra natal, los usuarios de estos monopolios en estas “remotas” comarcas nos desenchufaríamos de sus redes atrapa-euros hasta que nos garantizaran el mismo servicio que reciben el resto de núcleos urbanos en toda la geografía nacional antes de pagar una sola factura más. Pero yo no sé que clase de miedo o de conformismo endémico es el que nos afecta, que al final entramos por el aro, nos quejamos al vecino, y seguimos pagando la factura de un mal servicio, y como la mayoría de los niños mineros del coltán acabamos enterrados en las galerías.

Leopoldo Espínola

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